Oklahoma City, 18 de diciembre, bien entrada la noche: la sonrisa de Ajay Mitchell —todavía con esa cara de chico— se le quebró en un momento. La tranquilidad posterior a la victoria de los Thunder terminó de disiparse, y con el bajón llegó algo más pesado: el duelo. Cuando el base dejó de correr esquemas en la cancha y se metió de lleno en la sala de video, ya no pudo sostenerse como antes.
Ajay se imaginó la llamada que siempre compartían con su padre: las bromas, el cariño, esa cadencia del acento de Virginia que se colaba en la conversación. Pensó en la calidez que había detrás de la voz de Barry Mitchell y, en ese repaso, las lágrimas lo fueron nublando. En la sala de análisis del equipo, el hijo de Barry terminó llorando.
El contexto importaba: Ajay acababa de sostenerse durante el partido del día anterior, después de la muerte inesperada de su padre. Barry no estaba, pero la sensación era que “hubiera jugado”. Así lo entendió él: mantuvo el bote y siguió con el plan, como cualquier otra noche, asumiendo su rol de conductor del piso. Recién cuando se apagó el ruido del partido —dieciséis puntos, siete rebotes y cinco asistencias— se le cayó la armadura.
“Él hubiera querido que siga”, dijo Ajay. “Cada vez que le pasaba algo… si estaba mal físicamente o no se sentía bien mentalmente, me decía: ‘No te preocupes por mí. Seguí con lo tuyo. Mientras vos estés bien, yo estoy bien’. Yo quería honrarlo”.
Y agregó, con el mismo peso en la garganta: “También sé que mi papá me diría: ‘Salí ahí y jugá. Salí ahí y hacé básquet’. No quiero decepcionarlo”.
“Que no sea una versión de mí segundo”: el equilibrio entre honrar y ser él
Barry Mitchell no le impuso el básquet. No lo encerró en gimnasios ni lo entrenó a la fuerza. Tampoco era el tipo de padre que lo dirigía de manera obsesiva. Ajay tomó esa pasión por decisión propia, mientras observaba a su papá, una figura del juego en Bélgica, que seguía el camino con naturalidad y constancia.
Con el tiempo, esa idea —construir su propio legado— alimentó el hambre de Ajay. No se trataba solo de terminar una temporada de rookie marcada por lesiones con el sueño de un título de la NBA, sino de dejar huella desde el segundo año: una marca propia, a la altura del estándar que su padre había instalado con su ejemplo.
En una sola noche, la estación, la misión y el propósito se volvieron más grandes. Ese ciclo dejó de ser únicamente “su” historia. Se transformó en el último capítulo de Barry.
Primeros playoffs y la señal de que Ajay no se escondía
En la búsqueda de ese crecimiento, Ajay encaró la etapa de otoño con exigencias altas: cargar con más responsabilidad y ayudar a sostener un ataque candidato al título, sobre los hombros de un jugador de 23 años. También era la prueba de fuego que llega para los campeones al defenderse: el desafío de soportar la presión con la misma elegancia de siempre.
Su perfil venía de atrás. Había sido un guardia reservado y de estatura discreta en UC Santa Barbara, tras una experiencia previa con una selección juvenil francesa (U-18). Y, aun con ese recorrido, su tendencia era clara: dejar que el juego resolviera lo emocional. Sus actuaciones hablaban por él, y los partidos ordenaban lo que sentía por dentro. Nada, sin embargo, lo preparó para sostenerse cuando se quedó sin el hombre que lo inspiraba a jugar.
En la serie de primera ronda de Oklahoma City ante Phoenix Suns, el Juego 3 marcó el primer arranque de Ajay en playoffs. Allí tomó el protagonismo: lanzó 20 tiros, con un máximo personal de intentos desde el campo, en un acto de audacia. Dos noches después, en el Juego 4, cerró una victoria con el mejor “plus” del equipo (+27), con 22 puntos y seis asistencias en 16 lanzamientos.
Ya en la semifinal de Conferencia Oeste, con el Thunder iniciando la serie ante Los Angeles Lakers, Ajay firmó 18 puntos, cuatro asistencias y apenas una pérdida, en un triunfo que lo mostró con el mismo temple. La lectura general desde adentro era que su madurez se nota partido a partido: más decisión, más control, y capacidad para sumar en un momento en el que el equipo necesitaba respuestas mientras Jalen Williams —ala de calidad All-NBA— se recuperaba de una lesión de tobillo (en el texto se menciona un problema tipo “hamstring”).
Shai Gilgeous-Alexander, vigente MVP, lo sintetizó con una frase directa: “En lo mental nunca se desarma. No tiene miedo del momento. Podría estar teniendo el peor día y no lo verías. Ajay es sólido”.
El duelo, la vulnerabilidad y la forma de volver a estar en paz
Sus compañeros lo acompañaron también en el peor día. No solo por el partido: por todo lo que conlleva atravesar una pérdida así y reconstruir estabilidad. Hubo tiempo para enfrentar el impacto, para buscar algo parecido a la calma y para aprender a sostenerse de nuevo.
Ajay, de vez en cuando, siente que las palabras de su padre resuenan en la cabeza. Se sienta, cierra los ojos y las vuelve a mirar. En una de esas escenas, lo dijo tal cual: “Él siempre me repetía: ‘Vos vas a ser vos. No vas a ser una segunda versión de mí’. Para mí es encontrar ese balance entre honrarlo y, al mismo tiempo, convertirme en el jugador que soy yo, no en el que él era. Ahí se construye tu propio legado”.
Y completó: “Su sueño era que yo pudiera ser jugador de la NBA todo el tiempo que pudiera. Yo intento honrarlo de esa manera. Vivo este sueño para mí, obvio, pero también para él”.
De Barry, además, quedaba el modo de estar. Quien compartía habitación con él sabía que todo era divertido: era de los que contaban historias con facilidad y contagiaban humor. Y esa parte —la calidez en las expresiones de sus hijos, la sonrisa de Ajay, la autoconciencia y el amor por la competencia— parece haberse heredado.
Alexis Steinbach, una de las hijas de Barry, lo recordó con una imagen: “Era muy extrovertido, de los que siempre hablan en la sala. Tal vez por eso Ajay es un poco más observador”.
Ajay miraba a su padre desde muy chico, demasiado joven para estar ya cerca del pico de Barry. Aun así, se le quedaba grabado su final de carrera: un ala de 1,98 metros, duro en defensa, con bíceps que parecían descomunales, y una voluntad que no bajaba aunque el cuerpo se fuera apagando: ya con canas y menos agilidad, pero con energía.
Barry fue el jugador profesional activo más veterano en la historia del básquet belga, ganó dos copas nacionales y protegía su oficio. En la memoria familiar aparecen sus reclamos a compañeros, incluso con improperios cuando no recibían la pelota. Para él, ganar era la prioridad, sin importar la edad ni el desgaste. Ajay casi no veía otra cosa.
Gran parte de la personalidad de Ajay también venía de su madre, Fabienne Wagemans. Él es hijo único. El año pasado, ella se mudó a Oklahoma City para estar cerca. Steinbach describe un vínculo cotidiano que no se disimula: ella sigue cocinándole, cuidándole la vida diaria, porque entiende que él la necesita tanto como ella lo necesita a él.
Ajay creció con ojos atentos. En Bélgica, observó a su madre resolver para sostener el hogar. Con el tiempo, eso lo formó como perfeccionista. Pero también vio a Barry persistir: las aspiraciones de su padre, aunque no fueran habladas como presión, terminaron convirtiéndose en un mapa interno.
“Muchas veces me acuerdo de ir a sus prácticas con él, construyendo conexiones”, contó Ajay. “Siempre sentía que él armaba todo para que yo siguiera sus pasos dentro de la cancha”.
Cuando Ajay llegó a la edad de jugar de forma más seria, Barry ya estaba del lado de la enseñanza. Steinbach lo describió así: “Les exigía un alto nivel de excelencia a todos los jugadores que entrenaba. Era como de escuela vieja: ‘Voy a ser duro con ustedes’”.
Barry, además, guardaba deseos en silencio: quería que sus hijos continuaran su legado, que miraran sus errores y evolucionaran. Steinbach, que fue jugadora de vóley en Wisconsin, contó que a Barry le dolía un poco no tener el interés de Ajay por el básquet en el inicio. Pero también quedó claro que Barry no era de esos padres que se meten en el volante: dejó que el hijo eligiera.
“En casa, él nunca quería entrenarme”, dijo Ajay. “Me decía: ‘Tenés tus entrenadores; aprendés de ellos. No tenés que aprender de mí’. Nunca me empujó a jugar básquet ni a trabajar todos los días. Me parecía que de verdad quería que entienda que tiene que salir de mí. Con el tiempo me di cuenta y, cuando lo vi, agradecí. Mirando para atrás, siempre quise jugar básquet… y no fue porque él jugó”.
Steinbach añadió que Barry sabía hacia dónde iba el camino, incluso si no lo hablaba en voz alta. “Pensaba que Ajay iba a ser profesional”, explicó. “No era de andar por Bélgica diciendo: ‘Ajay Mitchell va a ser lo mejor que salga de Bélgica’. Lo que sí, siempre le decía a Fabienne: ‘Dejá que sueñe. Si se ve en la NBA, que sueñe. Si se ve en una gran universidad, que sueñe, y va a llegar’”.
El título, el “solo el comienzo” y la conversación que lo sostiene
En la noche en que Oklahoma City ganó las Finales de la NBA el pasado junio, con confeti pegado todavía a la suela de sus zapatillas, Ajay fue directo hacia su madre. La abrazó con fuerza, con lágrimas corriéndole por la cara.
Cuando le preguntan qué recuerda de ese momento, Wagemans no duda con una frase que su hijo le transmitió: “Esto es solo el comienzo”.
Ajay recordó el detalle: “Yo sabía cuánto significaba para ella. Pero también entendí que ella sabía que yo quería más, para mí. En mi cabeza era como: ‘Te quiero demostrar que esto va a ir más allá’”.
Su padre no viajó al Juego 7, pero los playoffs tuvieron su presencia. En los partidos y también en casa, Barry llevaba una remera con imágenes de ambos, uniformados, con el mensaje: “SI TENÉS VISIÓN, PODÉS SER. COMO PADRE… COMO HIJO”.
Ajay llamó a su papá esa noche. Barry pensó lo mismo que su hijo: se emocionaron, se emocionaron mucho, y se permitieron hablar del futuro. Ajay contó que Barry trataba de no llorar frente a él, ni siquiera en las llamadas, pero Ajay notó la carga emocional igual: “Para él era un sueño ver a su hijo ganar un campeonato de la NBA. Recuerdo que me decía cuánto estaba orgulloso y que el camino que viene es largo. Que esto es solo el comienzo”.
Después de ese momento, la ambición de Ajay creció. Quiso poner su firma en la siguiente persecución del título. Dijo que le gusta disfrutar, pero que enseguida vuelve a exigirse: “Podés estar feliz, disfrutar. Pero a los pocos días pensás: ‘Ahora tengo que mejorar’. Mi objetivo es tener un rol en un equipo que pueda ganar un campeonato, y poder ayudar”.
Del debut con minutos a la lesión, la paciencia y el crecimiento emocional
Desde su primer campo de entrenamiento en otoño de 2024, siendo pick de segunda ronda, Ajay se ganó miradas dentro de la rotación por su capacidad para filtrar defensores de élite. Sus compañeros lo describen con el mismo perfil: frío, calmado, con el control en la mano. Organiza el ataque, genera oportunidades y consigue lanzamientos. En un plantel joven, con cara de bebé pero ya cerca de la pelea por el título, su juego pedía minutos.
Jugó desde el arranque de la temporada. Promedió 16,6 minutos y estuvo en los primeros 34 partidos de Oklahoma City la temporada pasada. Luego, el rookie se frenó de golpe: una cirugía por lesión en el empeine (turf toe) lo dejó con bota y le quitó tres meses. Cuando volvió a mitad de abril, el calendario lo apretó tanto que no pudo aportar de forma significativa en playoffs.
Perder la oportunidad de jugar por lesión en su primera campaña fue frustrante, aunque también le enseñó paciencia. Desde el banco, miró, observó y se metió en la cabeza del equipo. Se empapó del ritmo y la tensión de dos Juegos 7, entendiendo el costo emocional entre partido y partido. Soportó la monotonía y el vaivén de la recuperación. Aprendió la mecánica interna de un equipo que puede sostener el nivel hasta entrar en junio.
El “despegue” llegó en mayo. Con un arranque de 24-2 en la temporada actual, Ajay mostró el perfil: promedió 14 puntos y 3,7 asistencias en 25,8 minutos, reforzando su candidatura al premio de Sexto Hombre del Año. Asumió responsabilidad como pieza de creación clave.
Pero dos meses después, la muerte de su padre volvió a fracturar el mundo. Históricamente, Ajay es un jugador que escucha, que procesa hacia adentro. Son pocos los que conocen qué emociones se mueven dentro de él, porque prefiere que sus pensamientos se queden con él.
Cuando esa persona que siempre escuchaba y lo invitaba a hablar ya no estuvo, Ajay cargó con más emociones contradictorias que nunca. Eran demasiadas para sentarse con calma y ordenarlas.
En medio de la temporada más importante de su carrera, todo ese amor y toda esa pérdida se juntaron. El instinto de querer que su padre se sienta orgulloso fue cambiando hasta volverse algo más cerrado: una especie de túnel mental. Aun así, los genes de su madre le dieron empatía y una tendencia a liderar desde la consideración. De chico, con la guardia alta “sin motivo”, aprendió a perdonar y a construir inteligencia emocional en la universidad. Guardar todo lo que sentía por su padre, pensó, podía arruinarle la estación: rompería la tela que sus padres le enseñaron a tejer.
Con el tiempo, ajustó el concepto de “calma”. Descubrió que la compostura no es una máscara. No termina en la cancha. Por eso practicó ser vulnerable con familia y compañeros.
“Todos pasamos por algo así”, dijo Ajay. “Es fácil llamar a mi hermana, llamar a mi hermano. Hablar. Leer la Biblia, rezar. Eso me ayudó a reconectar con mi papá de alguna manera. Siento que todavía está conmigo”.
Steinbach, que durante años trabajó como consejera académica en la Universidad de Wisconsin, detectó con claridad los cambios emocionales. “Creo que hace un muy buen trabajo pensando, procesando y encontrando formas de convertir algo tan doloroso y tan difícil en algo que nos toca a todos… en: ‘¿Cómo puedo ser mejor persona? ¿Mejor hermano? ¿Mejor pareja? ¿Mejor hijo? ¿Mejor jugador de básquet?’”.
Y remató con una observación que marca el crecimiento: “Nuestro papá ya no tiene tiempo, pero nosotros sí. Me parece que Ajay lo toma como: ‘¿Qué puedo hacer ahora? ¿Cómo lo hago todavía mejor? Porque tengo tiempo y estoy acá’. La madurez es increíble”.
Las escenas pequeñas que no se apagan
Las imágenes más fuertes de Barry, las más puntuales, aparecen después de su muerte y se repiten cuando Ajay lo piensa. Son simples: manejar con él de ida y vuelta a la escuela. Aprender letras de “Gotta Have It”, de Kanye West y Jay-Z. Y una broma particular: Barry le decía que había “perdido la audición” luego de ver a su hermano mayor, Elliott Black, meter tiros y hacer que el gimnasio se encienda.
“Hay una voz en mi cabeza”, contó Ajay. “Se siente como si él no se hubiera ido del todo”.
Entonces, escucha. Cada vez que algo se complica, se pregunta qué diría Barry, qué pensaría. Ajay aseguró que el eje de su padre siempre fue la familia, y que la forma en la que lo atravesaron es parecida a lo que él habría querido: “Él hubiera querido que nos mantengamos despiertos, pase lo que pase, y que lo recordemos por lo bueno. Por lo que era”.
Y añadió: “Siempre me pregunto qué hombre él querría que yo sea. Eso me guía cada vez que estoy en un lugar difícil mentalmente. Intento pensar lo duro que le tocó a él. Pase lo que pase, probablemente él ya vivió algo peor, y yo puedo superarlo. Aprendés mucho sobre tener paciencia con uno mismo. Dejar que las emociones salgan. No esconderlas”.
Ajay encuentra recordatorios en cada esquina: durante el video, mientras sube la pelota, y hasta en una risa ajena, otra carcajada fuerte que le trae el eco de casa. Contó que la última llamada fue corta pero definitiva: “Me dijo: ‘Estoy orgulloso de vos. Te amo. Y mantené el pie en el acelerador. No te detengas’. Esas cosas son las que se quedan. Pase lo que pase, eso es lo único que importa”.
Antes de cada juego, Mitchell reza. Ahora, en lugar de cerrar los ojos un rato corto, los deja un poco más. Se queda escuchando. Buscando algo. Alguien. La voz que, para él, nunca se fue.