PORTLAND, Oregón — La última vez que hablé con Rick Adelman fue el mes pasado de mayo, en su casa de Portland. Yo le pregunté, en ese contexto íntimo y tranquilo, cuál creía que era el secreto para ser un entrenador exitoso en la NBA. Él se rió, se tomó un segundo, empezó a responder y, en el medio, se corrigió. Volvió a detenerse, como si quisiera afinar la idea. Y entonces dejó una frase que quedó resonando: “La tarea de un entrenador en la NBA pasa por tratar con personas. Tenés que entender que cada jugador es distinto y que, por lo tanto, tenés que tratar distinto a cada jugador”.
En el escritorio de su oficina había fotos, camisetas y placas que daban cuenta de más de 22 años como head coach en la liga, con pasos por Portland, Sacramento, Golden State, Houston y Minnesota. Allí aparecían nombres que marcaron una época: Clyde Drexler, Vlade Divac, Chris Webber, Yao Ming, Kevin Love. Adelman contaba historias con detalle, pero había un patrón: en ninguna de esas anécdotas aparecía conflicto o fricción. ¿Por qué? “Tenés que poder comunicarte con los jugadores —dijo—. Yo nunca señalé a nadie en forma individual en un tiempo muerto, en el vestuario o en una sesión de video. Para mí, siempre fue un tema de enseñanza”.
El método era claro: cuando algo había que corregir, no lo hacía desde el ruido, sino desde la cercanía. “Yo los llamaba aparte —explicó—. Les decía qué quería, qué estaba viendo y qué creía que podían hacer”. Y ese “aparte” era literal: siempre fuera de la mirada del grupo y, además, sin levantar la voz.
Adelman reconoció que esa forma le funcionaba especialmente con Clyde Drexler, porque el alero no tenía problema con que le hablaran en privado. También lo describió para Chris Webber: entendió que la comunicación era una pieza central, pero que no era el único ingrediente. La otra parte era detectar qué convenía no solo al jugador, sino al equipo como conjunto. En ese equilibrio —explicar sin humillar, corregir sin exponer— estaba buena parte del ADN de su carrera.
Este lunes, Adelman falleció. Tenía 79 años.
Se lo recuerda por su costado ofensivo, por la creatividad táctica y por un sistema que todavía hoy aparece en distintas variantes dentro de la liga: la llamada corner offense (ofensiva de esquina). También será recordado como el mejor entrenador de la historia de Sacramento Kings y como el único DT de Portland Trail Blazers capaz de llevar al equipo a dos Finales de la NBA. Pero más allá de los números —terminó con 1.042 victorias, ubicándose 10° en el listado histórico— su legado, por sobre todo, fue su manera de relacionarse con la gente.
Para Danny Ainge, la confirmación de por qué Adelman era Hall of Fame llegó temprano, durante los primeros días de su primer campamento con Portland. Fue en 1990: los Blazers, un equipo poderoso, hacían fútbol en el entrenamiento cuando Ainge —que había sido enviado desde Sacramento en el recambio del verano— apareció en transición. Recibió un pase de Terry Porter y, en vez de tirar, eligió lo contrario: amague, un par de toques y una salida con pase hacia adentro, para Jerome Kersey. El juego se detuvo.
La señal no vino con gritos ni con mala onda. El entrenador que frenó la jugada no hizo show: simplemente indicó que otro jugador ocupara el lugar de Ainge y que él se acercara. Allí, Adelman le marcó algo concreto: tenía que tirar el triple abierto. Ainge recordó la conversación con precisión: “Él me dice ‘¿Sabés por qué?’. Y después agrega dos razones: podés convertirlo. Y si no entra, hay muchas chances de que Jerome o Buck (Williams) lo capturen”.
Era el primer entrenamiento de Ainge como Blazer, y con un gesto silencioso se llevó la enseñanza de fondo que hacía tan querido a Adelman. No solo le pedía una acción; le mostraba respeto al no “ponerlo en vidriera” frente al equipo. Además, le daba margen para hacer aquello en lo que era mejor: jugar para tirar cuando la oportunidad aparecía. Y, a la vez, dejaba en claro que su visión era tan amplia como para entender qué necesitaba cada plantel.
“Con Rick, encontrabas un método en todo. Era un entrenador muy inteligente”, resumió Ainge con el tiempo.
Adelman fue especialmente reconocido por su corner offense. La idea incluía dos hombres grandes ubicados en los costados de la línea de tiros libres para abrir el campo y permitir que bases, escoltas y alas se conectaran con cortes fluidos hacia las esquinas. Desde allí, los pívots o ala-pívot pasaban para triples desde la esquina o para entradas por detrás del defensor. En su etapa en Sacramento, el sistema cobró sentido extra por el perfil de sus internos: lo impulsó para capitalizar el talento de pase de Vlade Divac y Chris Webber.
“Vlade al codo derecho, Chris al codo izquierdo… y encima teníamos a (Mike) Bibby, a Doug Christie y a Peja (Stojaković): chicos inteligentes que sabían cortar y además tirar muy bien”, explicó Adelman. Con ese modelo, los Kings se convirtieron en un equipo para mirar. Rompían defensas, sumaban puntos y construían partidos que se estiraban por la cantidad de decisiones que el rival tenía que tomar una y otra vez.
En 2002, Sacramento registró un récord de 61-21 y llegó hasta la final de conferencia del Oeste, donde terminó cayendo ante Los Angeles Lakers en el séptimo juego. Adelman, a la distancia, insistió en que aquella campaña se le queda grabada. “Siempre voy a recordar a ese equipo. Y lo voy a recordar porque era inteligente. A veces se decía que en la temporada regular no defendíamos mucho, y seguramente tenían razón porque les ganábamos por puntos. Pero en playoffs se concentraban, se activaban y sabían exactamente qué tenían que hacer y cómo hablarse entre ellos”, sostuvo.
En su lectura, esos Kings habrían ganado el título en 2002 si no hubiera sido por el Game 7 contra Los Lakers. Y la bronca, en su voz, fue directa: “Los árbitros… increíble”.
Más adelante, volvió a poner su corner offense en Minnesota, con Kevin Love y Nikola Peković como piezas destacadas. En Houston, también la aplicó, aunque con matices: el propio Adelman se explicó. “No soy tonto. Teníamos a Yao Ming”.
De todos los jugadores que entrenó, Adelman dijo que Yao ocupaba un lugar especial. “Uno de mis jugadores favoritos —remarcó—. Tan fácil de dirigir, tan talentoso… y encontró la forma de ser efectivo dentro de esa ofensiva”.
Ese enfoque contrastaba con lo que funcionaba mejor en Portland. Allí, con un plantel más joven, atlético y fuerte físicamente, Adelman empujó la transición y la velocidad: insistía en que Porter, Drexler y Kersey corrieran, y luego habilitaba a Williams, Clifford Robinson y Kevin Duckworth para que, con su potencia, terminaran de “limpiar” debajo del aro. Esa combinación de correr y cerrar con físico era la respuesta al tipo de jugadores que tenía a mano.
La escena del campamento de 1990 que contó Ainge —la charla sobre tirar el triple abierto porque Adelman creía en el talento de Ainge, pero también porque entendía que el equipo necesitaba capturar rebotes— terminó siendo una identidad para Portland. “Ese año, en particular, y después con el equipo de Finales de 1992, escuchabas ‘su selección de tiros no es buena’… pero él sabía que era lo que nos daba la mejor chance de ganar”, recordó Ainge. “Entonces, había un método”.
Geoff Petrie, uno de los amigos más cercanos de Adelman, lo sintetizó con una frase: “Donde Rick fuera a entrenar, la victoria lo siguió”.
Antes de ser entrenador, Adelman había sido un base rápido, de perfil orientado al pase. Jugó siete temporadas en la NBA. Su amor por el básquet nació temprano: su padre les había armado un aro en el patio, sobre el garaje, en Downey, California. Su hermano y su hermana también lo desafiaban con juegos, y de ahí se encendió el fuego competitivo. Ya desde joven le atraía la idea de cómo cinco jugadores debían mezclarse para funcionar como uno solo.
“Pensaba que lo único especial del básquet es que podés ser individual, pero igual tenés que formar parte del equipo —dijo Adelman—. En otras palabras: podés ser especial en ciertas áreas, pero lo más importante siempre es el equipo”.
Jugó en la universidad en Loyola (Los Ángeles) y fue seleccionado en la séptima ronda por San Diego Rockets, donde actuó durante dos temporadas. En 1970, lo eligieron en el draft de expansión de Portland y allí se volvió compañero y compañero de habitación de Petrie.
Sus años como jugador en Portland estuvieron atravesados por lesiones de tobillo y por las derrotas en el juego de cartas gin rummy frente a Petrie. En aquel tiempo, el viático era de 19 dólares por día (hoy supera los 100) y los jugadores se agrupaban en habitaciones. Después de los partidos, según Petrie, volvían a la cena, tomaban unas cervezas y luego regresaban.
“Cerca de las 3 de la mañana, la luz se prendía, y yo lo veía… Rick decía ‘¡Deal em!’. Yo le decía ‘Rick, estoy cansado’. Y él me respondía que le dolían los pies, entonces nos sentábamos a jugar al gin rummy”, contó Petrie.
En total, Adelman disputó 462 partidos con San Diego, Portland, Chicago, Nueva Orleans y Kansas City, con promedios de 7,7 puntos y 3,5 asistencias por noche. Como entrenador, se retiró en 2014 en Minnesota. Sus últimos años, sin embargo, estuvieron marcados por triunfos y por tragedia.
En febrero de 2018, su hijo RJ murió luego de ser alcanzado por un auto en el centro de Houston. Aquel golpe, dijo Adelman en mayo, se volvió más pesado con el paso de los años. “Se pone más difícil cada año —expresó—. Cuando estás retirado como yo, pensás cada vez más… en todo el talento que tenía, en todas las cosas que podría haber hecho. No sé… capaz porque durante tanto tiempo traté de bloquearlo”.
El año pasado, su hijo David fue designado entrenador interino de Denver Nuggets apenas tres partidos antes del cierre de la temporada. Con Denver, logró una victoria en playoffs ante LA Clippers, pero después cayó en el Game 7 ante el campeón que terminaría siendo Oklahoma City Thunder. Adelman miraba los juegos desde su casa en Portland, y muchas veces bajaba el volumen para dejar en silencio las transmisiones, lo que generaba el fastidio de su esposa, Mary Kay.
“Me pongo más nervioso por los partidos de él que por los míos —dijo Adelman—. Estoy ahí todo el tiempo hablando con la tele, conduciendo a mi esposa a la locura”.
David fue confirmado como head coach de los Nuggets el mes pasado de mayo y esta temporada llevó a Denver a una campaña de 54 victorias.
Petrie contó que Adelman estuvo internado varias veces en los últimos dos años, entrando y saliendo del hospital tres o cuatro ocasiones. Pero en marzo de 2025, igual asistió a un partido de Portland, en una noche en la que los Blazers organizaron una reunión en el entretiempo para homenajear a los equipos de 1990 y 1992. Hubo abrazos, risas y relatos compartidos. Y, como en aquella época, se notaba que todo el mundo disfrutaba estar cerca de Adelman.
“No recuerdo que alguien tuviera un problema con Rick —señaló Ainge—. Obvio que los jugadores querían más minutos, pero todos lo respetaban. Todos”.