Las Finales de la NBA ponen a dos equipos en escena, pero los otros 28 eliminados no pueden desconectarse: el campeonato no solo marca al ganador del título, también funciona como vitrina de tácticas, decisiones de plantilla y formas de administrar riesgos que, en teoría, otros clubes podrían intentar repetir. Aun así, este año el contraste es tan fuerte que cuesta encontrar paralelismos directos.
Los números
- Las Finales incluyen a dos equipos, pero hay 28 rivales eliminados que, aun así, quedan mirando el “cómo” y el “por qué” de lo que hicieron los finalistas.
- Los Spurs llegaron con una racha de suerte en loterías que hoy sería “literalmente imposible” de replicar: en 2023 obtuvieron a Victor Wembanyama y luego sumaron selecciones 4 y 2 en los dos drafts siguientes.
- Los Knicks van camino a ser apenas el tercer equipo desde la fusión en llegar a las Finales sin que exista un jugador reclutado por ellos en el quinteto titular: el antecedente más cercano es el de los Lakers de 2020 y, del lado de New York, los Knicks de 1999 con Patrick Ewing.
- Isaiah Hartenstein firmó en 2022 por dos años y 16 millones de dólares; su cifra de tope fue tan baja que, según el razonamiento expuesto, lo volvía “prácticamente imposible” de retener con Early Bird Rights.
- Los Spurs fueron 37-15 en partidos cuando Barnes fue titular esta temporada, y el cambio de la rotación al elevar a Julian Champagnie en el lugar de Barnes terminó resultando positivo.
Por qué este año no parece “copiable”
En la superficie, el camino de San Antonio y de New York se parece poco a los guiones tradicionales de construcción. Los Spurs y los Knicks aparecen como casos casi anómalos dentro del patrón habitual de equipos que llegan al último paso.
En San Antonio, el punto de partida fue una combinación de suerte y una gestión posterior que aprovecharon al máximo el escenario que les dejó esa suerte. Primero, ganaron —posiblemente— la lotería más importante de la historia para quedarse con Wembanyama en 2023. Después, incorporaron las elecciones número 4 y número 2 en los dos drafts siguientes. Con la reforma del sistema de loterías de la liga (mencionada como ocurrida en mayo), además, se introdujo un cambio clave: los equipos ya no pueden quedar habilitados para elegir entre los cinco primeros en tres drafts consecutivos. Así, la “receta” de San Antonio queda fuera del alcance de cualquier intento realista.
El caso Knicks: una ruta con restricciones propias
Lo de los Knicks puede no ser imposible de replicar en términos formales, pero se queda muy cerca de ese límite. Están cerca de convertirse en el tercer equipo desde la fusión que llega a las Finales sin que haya, en el cinco inicial, un jugador seleccionado por la propia franquicia. El antecedente de los Lakers de 2020 aparece como referencia directa. La idea de “firmar al primo LeBron” no es una estrategia de armado de plantilla replicable para la mayoría de los clubes. El otro caso mencionado es el de los Knicks de 1999, que eligieron a Patrick Ewing, pero lo perdieron por lesión durante los playoffs.
La conclusión que plantea la nota es que, aunque no haya un “manual” para copiar exactamente, sí quedan lecciones más pequeñas: decisiones, prioridades y criterios que pueden inspirar a otros equipos aunque no puedan replicar el contexto.
Cómo se armó New York: relaciones antes que atajos
Si hubiese que elegir un principio rector para explicar la construcción de los Knicks, sería el de las relaciones. Leon Rose tomó su primera gran decisión como presidente: contratar a Tom Thibodeau, con quien tenía un vínculo previo de años desde su etapa como agente en CAA. Dos años más tarde, sumó a Rick Brunson —su primer cliente como agente— para que se integrara al staff de Thibodeau como asistente. Apenas un mes después, firmó a Jalen Brunson, hijo de Rick y también su ahijado, para un contrato de cuatro años y 110 millones de dólares.
La operación se describe como una de las mejores incorporaciones vía agencia libre en la historia reciente del mercado: se ubicaría apenas por detrás de los grandes “cambios de equipo” protagonizados por LeBron (en sus traslados), y de ejemplos como Kevin Durant rumbo a Golden State y Shaquille O’Neal hacia Los Angeles. La nota agrega un matiz decisivo: una posible mejora adicional en esa escala podría llegar si el título empuja la percepción del valor de la decisión. El punto de la motivación, sin embargo, fue que Rose conocía a Brunson desde la infancia y vio en él algo que el resto de la liga no terminaba de ver. El resultado fue un “jugador franquicia” a precio razonable.
El paralelo con los Lakers y la diferencia clave
La nota traza un paralelo con los Lakers de 2020: el equipo de Los Angeles se alineó —aunque de manera no oficial— con Rich Paul y Klutch Sports, y terminó ganando el campeonato con varios clientes de alto perfil dentro del plantel. Pero esa cercanía no oficial también habría sido parte del problema: Paul representaba intereses de sus jugadores y, en ciertos casos, los Lakers habrían priorizado a esos nombres por encima de alternativas que, en un mundo ideal, podrían haber sido mejores para la plantilla.
Se menciona como ejemplo la decisión de renovar a Talen Horton-Tucker en lugar de Alex Caruso. También se alude a acuerdos de valor medio que encajan en la misma lógica: los contratos para Montrezl Harrell y Lonnie Walker se citan como parte del patrón. En contraste, la nota sostiene que los Knicks pudieron aprovechar las relaciones de Rose, pero al tenerlo como responsable oficial del equipo, el mejor interés de la franquicia no quedaba comprometido por la misma fricción.
Sin vacas sagradas y con decisiones que se sostienen
Otro rasgo que se subraya del ascenso de los Knicks es la ausencia de “vacas sagradas” fuera de Brunson. Se menciona el despido de Thibodeau pese a que el año anterior había llevado al equipo a las Finales de Conferencia. El texto lo plantea como algo que hoy se ve brillante.
También se destaca que Immanuel Quickley probablemente fue una de las mejores elecciones del frente office, pero aun así no hubo apego: lo cambiaron por Anunoby. Asimismo, se afirma que la principal firma de agente libre del régimen fue DiVincenzo, pero que igualmente lo negociaron, junto con Julius Randle, un punto importante porque Randle podría haber sido contratado por la gestión anterior, aunque el texto remarca que con este grupo terminó creciendo hasta convertirse en una figura All-NBA.
Ajuste, encaje y contratos: la segunda capa del plan
Los movimientos de Randle y Quickley funcionan como enseñanza en dos planos. El primero es el encaje: Brunson era el único “intocable” real del grupo. Randle existía antes en New York. En 2023, incluso, Randle fue elegido para el All-Star por encima de Brunson, aunque la nota aclara que mirar hacia atrás puede hacer parecer obvia esa jerarquía. Brunson no se terminó de despegar de Randle como el mejor jugador del equipo hasta 2024. Y, sobre todo, se plantea un problema estructural: ambos necesitan el balón. En New York solo había lugar para uno, y la franquicia decidió bien.
Quickley floreció como respaldo de Brunson. Otra evaluación posible —según la nota— era tratarlo como titular y pagarle acorde en la agencia restringida. Pero New York habría entendido que Quickley era demasiado pequeño para empezar al lado de Brunson y, por eso, lo “cobraron” antes de tiempo para sumar a Anunoby.
El segundo aprendizaje es que los Knicks son muy meticulosos con los contratos. La idea es que casi siempre logran concesiones relevantes de sus jugadores. Brunson aparece como ejemplo: habría tomado una de las decisiones contractuales más convenientes para el equipo en la era reciente, al dejar más de 100 millones de dólares sobre la mesa por extender en New York un año antes. Pero no sería la única “buena” operación: se citan varios acuerdos de valor, como el hecho de que Mitchell Robinson está en un contrato de ese estilo.
Extensiones, opciones y planificación para el comercio
En la nota se repite un patrón: convencer a jugadores de firmar contratos donde el salario anual baja con el tiempo. Brunson lo hizo en su primer contrato, y Robinson también figura bajo esa lógica. Además, se menciona el uso frecuente de opciones de equipo al final de los acuerdos: Josh Hart tendría una al cierre de su contrato actual, y el de Evan Fournier también habría incluido una.
Se agrega un ejemplo táctico: Deuce McBride fue firmado con una extensión a largo plazo “baratísima” justo después del traspaso de Quickley, con la lectura de que su rol iba a crecer. También se menciona a Bridges: el texto sostiene que lograron que su extensión ocurriera en un punto apenas por debajo de su máximo, de manera que en febrero pudiera ser transferido si se abría la puerta para Giannis Antetokounmpo.
Cuando el “demasiado” conveniente se vuelve un problema
Paradójicamente, el frente office de New York también habría generado dificultades al firmar un acuerdo demasiado favorable para el equipo. El caso es Isaiah Hartenstein: en 2022 firmó por dos años y 16 millones. Ese tope tan bajo lo volvía prácticamente imposible de retener con Early Bird Rights. La nota plantea que, si le hubieran ofrecido un contrato más largo —algo que los equipos suelen evitar y los jugadores suelen preferir— podrían haberlo mantenido con Bird Rights plenos un año después. En este relato, el exceso de negociación terminó castigándolos porque el jugador era mejor de lo que el equipo esperaba.
La visión de largo plazo: superstar primero y luego encaje
Al poner todos los movimientos en secuencia, la nota concluye que la visión general era clara. La prioridad era conseguir una estrella. Brunson fue visto como esa figura antes que el resto de la liga, y esa convicción habría sido tan fuerte que no se movieron en las negociaciones para Donovan Mitchell durante ese mismo verano, aun cuando aparecían oportunidades. El intercambio por Bridges se califica como un “exceso” en el vacío, pero se afirma que, cuando se mira junto a Brunson, el perfil tiene más sentido: un wing grande y defensivo encaja mejor al lado del base que un anotador de perímetro repetitivo como Mitchell.
Los años posteriores a Brunson se describen como un proceso de posicionamiento para traer piezas complementarias, como Bridges. Cada contrato se firmó pensando en un posible valor de intercambio futuro. Las selecciones y la juventud acumuladas durante años terminaron “pagando” por el trío de alas, y una vez que se consolidó ese núcleo, se consideró que el equipo podía sostener defensivamente a otro anotador frágil: de ahí la adquisición de Towns. Ese riesgo habría salido bien: se afirma que hoy los Knicks tienen el mejor rating ofensivo en postemporada de la historia de la NBA.
La nota también destaca una ventaja informacional: muchas de sus adquisiciones relevantes habrían sido tomadas con un conocimiento superior de lo que ocurría puertas adentro. Al confiar en el grupo que construyeron alrededor, surgió una cultura lo suficientemente sólida como para superar la derrota del año pasado y los tropiezos iniciales de este tramo de playoffs, hasta transformarse en un equipo dominante.
Cómo se armó San Antonio: del “modo Tim Duncan” al cambio que llegó tarde
San Antonio, en términos de organización, se describe como una de las mejores de la liga durante casi toda la carrera de Tim Duncan, y también como un referente aún hoy. Pero el texto remarca que el arranque de este ciclo no empezó con esa calidad: desde mediados de la década de 2010 hasta principios de los 2020, los Spurs no fueron un club de elite. Incluso se sugiere que, pese a sus fortalezas intangibles, podían ser una franquicia débil. La razón: su estrategia de largo plazo se percibía como anticuada y sin rumbo claro.
El quiebre con Kawhi Leonard no se puede fechar con precisión en la nota. Se mencionan hipótesis: la forma de manejar su lesión en 2018; o la decisión de obligarlo a esperar un año para firmar su contrato máximo de rookie pese a haber sido MVP de las Finales en 2014, para recién después poder fichar a LaMarcus Aldridge en 2015. La idea central es que los Spurs habían construido casi dos décadas alrededor de la estrella “más fácil” de manejar en la historia reciente de la NBA, Duncan. Pero ante un tipo de figura más típica —Leonard— algo se rompió.
Se menciona un patrón similar con Aldridge: en 2017 el jugador había pedido ser traspasado, pero la organización no encontró el ajuste correcto con la “vieja manera” de operar. El relato es que, cuando el contexto cambió, la estructura no acompañó.
El punto de no retorno: no reconstruir cuando tocaba
La nota plantea que el momento en que todo se debía haber terminado era cuando Leonard pidió ser negociado. Ese era el instante para mandar a Leonard a cambio de selecciones, mover a Aldridge a otro destino y empezar una reconstrucción completa. Pero San Antonio no lo hizo. Intentó mantenerse “respetable” con el arribo de DeMar DeRozan y, mientras extendía su racha de playoffs un año más, luego cayó por debajo de .500 en los tres siguientes.
Además, se afirma que fallaron en varias selecciones que casi siempre habían acertado: Luka Šamanić con el número 19, Josh Primo con el 12 y Jeremy Sochan con el 9.
El giro: tanking consciente y traspasos estratégicos
Para el límite de cambios de 2022, se empezó a ver que había muro. La nota no les otorga mérito por la suerte de lotería, pero sí por reconocer la necesidad de “tanquear”. Derrick White aparece como primera señal: lo traspasaron a Boston por debajo de lo que hoy se sabe que valía. Unos meses después, enviaron a Dejounte Murray en el pico de su cotización, justo después de su primer All-Star. Ahí lograron un botín de Atlanta.
En el deadline de 2023, negociaron a Jakob Poeltl por lo que terminaría siendo el número 8 del draft de 2024.
La nota vuelve a remarcar que la suerte de lotería es parte del relato, pero sostiene que la clave es cómo administraron el armado antes y después de la llegada de Wembanyama. Al desprenderse de tantos veteranos, lograron una base de elecciones que compite en estructura con la de Oklahoma City. Con ese colchón, quedarían mejor posicionados para sortear con más cuidado las consecuencias del convenio colectivo actual, algo que se plantea como ventaja frente a otros equipos.
Desde Wembanyama: fuerza, paciencia y golpes oportunistas
Desde que aterrizó Wembanyama, San Antonio habría operado casi siempre desde una posición de fortaleza. Se explica el porqué: De’Aaron Fox habría llegado en parte porque el propio jugador forzó la salida hacia la franquicia, permitiéndoles conseguirlo con descuento de activos frente a otros clubes que tuvieron que pagar “tarifa completa” por estrellas mediante traspasos.
También se menciona que recibieron un intercambio de primera ronda sin protección para hacerse cargo de Harrison Barnes, quien terminó siendo una pieza con impacto. La nota atribuye ese acuerdo a la diligencia para conservar espacio salarial cuando Sacramento y Chicago necesitaban un facilitador en un sign-and-trade de DeMar DeRozan.
Por último, se agrega que, el año pasado en julio, San Antonio aprovechó una oportunidad para sumar un pívot suplente top: el equipo que “dejaba” ese perfil era Boston, que estaba lidiando con problemas de segundo apron. En la lectura de la nota, el patrón general fue claro: bajaron en la tabla con el momento correcto, acumularon activos y flexibilidad financiera, y luego, ya con la ventaja, solo tomaron apuestas oportunistas.
Se remarca que no apuraron nada, y hasta Wembanyama habría reconocido ese enfoque. En febrero, el jugador dijo: “Sé que Brian (Wright) sabe quiénes somos y confía en el proceso. Debería llevarse también Ejecutivo del Año por no hacer movimientos”.
Solución interna ante problemas de plantilla y apuesta por Champagnie
Cuando San Antonio encontró un problema, la respuesta fue interna. Se menciona que estuvieron vinculados con forwards de gran nombre durante el último año, pero aun cuando Barnes rendía bien, el club entendió que necesitaba mejorar esa posición para dar el salto al siguiente nivel. La opción “más fácil” habría sido apilar salarios entre Barnes y Keldon Johnson —Sexto Hombre del Año— y sumar otra gran pieza con selecciones. Pero el texto sostiene que ambos tenían roles importantes en la cancha y también eran figuras clave en el vestuario.
En lugar de eso, San Antonio elevó a Julian Champagnie, un reserva poco conocido, para ocupar el lugar de Barnes en el quinteto inicial. El resultado: el equipo “despegó” en el relato.
El entrenador: de la continuidad a la promoción sin abrir el proceso
La contratación del cuerpo técnico siguió una lógica parecida. Gregg Popovich se menciona como uno de los mejores entrenadores de la historia de la NBA, y se define la cultura que construyó en San Antonio como sagrada. La presencia de Wembanyama, en teoría, hacía que el puesto de técnico principal fuera de los más codiciados en la liga. Sin embargo, la nota remarca que el cargo “no estuvo realmente abierto”.
Se afirma que el club pudo haber contratado a casi cualquiera, pero eligió promover a Mitch Johnson sin entrevistas a otros candidatos, basándose en su trabajo como interino la temporada anterior. Johnson tuvo un registro de 32-45, pero San Antonio vio lo suficiente como para seleccionarlo por encima de la mayoría de entrenadores disponibles con un perfil parecido.
La decisión, dice la nota, hoy luce brillante.
Contraste con Knicks: intención absoluta vs. continuidad paciente
Con todo esto, el texto arma el contraste con los Knicks. New York habría sido extremadamente intencional en cada adquisición: su plan era directo y “tocó todos los casilleros”. En San Antonio, en cambio, el relato sugiere que se puede señalar que el roster aún tenía fallas teóricas —tiro, tamaño en el forward, variaciones estilísticas en el pívot suplente— pero que no hicieron movimientos transaccionales para corregirlas todavía. Y aun así no habrían necesitado hacerlo: la suerte de lotería les dio el margen para ser pacientes, golpear solo cuando el hierro estaba caliente y apostar por continuidad, cultura y sostenibilidad.
La nota sintetiza el punto así: los Knicks son el resultado de un armado de media década, mientras que los Spurs estarían apenas empezando ese proceso y, por lo tanto, deberían mejorar aún más desde aquí.
La era del contrato: por qué el valor cambia el armado
Parte de la dominancia de Spurs y Thunder durante el año (en el texto se mencionan ambos) se explicó por la cantidad de jugadores top que todavía estaban en contratos de rookie. El convenio colectivo actual se describe como duro, lo que podría empujar a una etapa en la que equipos más jóvenes y baratos sean más competitivos que nunca, porque serían los únicos que realmente pueden armar y sostener profundidad.
Los Knicks no serían un equipo joven y no tendrían jugadores en contratos de rookie. Pero se remarca que el recorte salarial de Brunson les permitió mantenerse por debajo del segundo apron durante esta temporada, con implicancias de largo plazo para cómo podrán armar el plantel en adelante.
Luego se plantea un punto más general: el “rookie scale” es lo que es; o tenés jugadores jóvenes o no. Aun así, la nota abre una pregunta sobre si el ejemplo de Brunson termina empujando a otros superestrellas. Los salarios crecen tan rápido que pronto podría haber jugadores que cobren 1 millón por partido. Esos números aparecen como “caricaturescos” en la nota. Casi todos dicen que su objetivo principal es ganar, pero muy pocos “ponen el dinero donde ponen la boca”, como hizo Brunson. El jugador ahora cosecha el premio: haber dejado 100 millones sobre la mesa hace unos años sería impensable, pero se vuelve más llevadero si el contrato final, igual, termina valiendo más de 150 millones en total.
La particularidad de Brunson y la ventaja competitiva del sacrificio
El texto insiste en que la situación de Brunson fue única: negoció con su padrino, un nivel de confianza que la mayoría de jugadores no tiene con su franquicia, y puede esperar ser recompensado por esa cooperación más adelante. Otros jugadores podrían no sentir lo mismo. Pero el punto competitivo es el sacrificio financiero: la diferencia entre, por ejemplo, 250 millones y 300 millones es mucho más grande que el salto entre 0 y 50 millones. Por eso, se afirma que el costo asumido —ya sea por estructura de contratos o por decisiones intencionales del jugador— puede ser una ventaja competitiva mayor que en ninguna otra etapa.
Se cierra la idea con una advertencia: nadie está replicando la suerte de San Antonio, y con la agencia libre prácticamente “muerta” en el escenario que plantea el texto, cuesta imaginar otro “Brunson” apareciendo en circunstancias tan parecidas.
Tres lecciones de armado que pueden llevar otros equipos
Más allá de que no se pueda copiar el camino completo, la nota enumera aprendizajes para que otros clubes los apliquen:
1. La cultura importa (aunque haya turbulencias)
La cultura de los Knicks no sería perfecta. Se menciona que el año pasado hubo bastante información sobre frustraciones internas, e incluso se citan declaraciones cuestionables dadas a medios. Sin embargo, el club habría sido deliberado al sumar jugadores que conocían: ya sea por CAA o por conexiones universitarias de Brunson, el equipo habría mantenido “cosas dentro de la familia”. El relato remarca que lo “doblado pero no roto” terminó convirtiéndose en fortaleza: tras pasar el cambio de entrenador y todo el tumulto, el equipo salió más fuerte.
2. No te encariñes con lo que ya decidiste
San Antonio habría mantenido prioridades fuera de la cancha durante casi 30 años. Incluso se plantea que eso siempre será un foco en los Spurs, quizá a costa del producto inmediato. La nota se pregunta si de verdad hacen falta tres pívots suplentes poco usados como Kelly Olynyk, Mason Plumlee y Bismack Biyombo. Aun así, se los describe como figuras queridas del vestuario.
La idea es que no se animaron a “romper” el barco intercambiando a Barnes o a Johnson para traer una mejora inmediata. En contraposición, Knicks y Spurs habrían apuntado tanto a personas como a jugadores.
El texto agrega otro matiz: se podría armar una segunda plantilla de playoffs con piezas importantes de los Knicks de los últimos cinco años que hoy ya no están en la organización (Quickley, Randle, Barrett, Hartenstein, Quentin Grimes y Thibodeau como entrenador). Pero la franquicia nunca habría perdido de vista el objetivo principal y no habría tenido miedo de cambiar pequeñas victorias organizacionales por metas más grandes del club.
3. Encontrar valor en las debilidades
Finalmente, la nota señala una comparación irónica: se puede argumentar que los Knicks muestran qué pasa cuando no se hacen cambios. El quinteto de arranque de New York, el texto dice, simplemente no jugó bien como unidad la temporada anterior. Thibodeau no habría probado lo suficiente con otros alineamientos. Josh Hart incluso ofreció pasar a la banca contra Boston en playoffs, pero el DT esperó hasta que los Knicks cayeran 2-0 ante Indiana en la serie para hacer ese cambio. Para ese momento, el proceso ya estaba tarde: Thibodeau se quedó sin trabajo.
En el caso de San Antonio, el texto subraya que en el roster no tienen un “power forward” típico; juegan con cuatro jugadores de 6’7 o menos y un jugador de 7 pies y 4 pulgadas. La mayoría de los equipos no podría permitirse ese tamaño, pero San Antonio sí, con Wembanyama como garantía para proteger a la unidad.
Se explica entonces la lógica del encaje en New York: Towns y Brunson pueden convivir porque los Knicks apilaron wings defensivos entre ellos. Towns, como centro de élite en tiro, vuelve viable a Hart —que se describe como inconsistente en el lanzamiento— dentro del cinco inicial. Eso permite que el equipo aproveche su aporte en rebotes, transición, defensa y pase. El texto habla de una simbiosis real: los equipos tienen jugadores en roles que no encajarían en plantillas comunes, pero los maximizan justamente porque tienen a quienes cubren esas vulnerabilidades específicas.