Dominique Wilkins se reencontró con el fan al que le dio sus zapatillas hace 42 años

ByMartín Gutiérrez

May 21, 2026

Dominique Wilkins disfrutaba de una comida tranquila en una pizzería de Dahlonega, Georgia, a unos 65 kilómetros de Atlanta, cuando se encontró con un hombre que se le acercó sin que él lo reconociera. La escena, en apariencia, era la típica: fanáticos que buscan un autógrafo o una foto con un exjugador legendario. Sin embargo, lo que estaba por vivir ese domingo iba a llevarlo de vuelta varias décadas, a un vínculo que se había iniciado cuando Wilkins todavía recorría la liga como estrella.

Un reencuentro que venía gestándose desde los 80

El hombre era Steve Alexander, que vivía a apenas dos millas del lugar. Llegó después de que un amigo le mandara un mensaje: Wilkins acababa de sentarse en el bar de 7Pie. Alexander actuó rápido: guardó en el baúl un par de zapatillas Converse desgastadas, de colores blanco y rojo, y salió hacia la pizzería. No eran unas zapatillas cualquiera. Ese calzado había pertenecido a Wilkins en 1984: Alexander las recibió en su momento, cuando tenía 16 años, y desde entonces las guardó como un tesoro personal.

A la distancia de los años, Alexander por fin pudo reconectar con su ídolo y preguntarle si recordaba aquella historia. “Hey Dominique… ¿están en medio de asuntos o tienen tiempo para una historia?”, le dijo a Wilkins y a su esposa, Jedidia, mientras el exala-pívot se mostraba receptivo. Wilkins respondió que le encantaban las historias, y Alexander se tomó su tiempo para preparar el momento.

Las zapatillas: el detalle que abrió la memoria

Alexander entró nuevamente con las zapatillas en la mano. Wilkins las reconoció de inmediato: la sonrisa apareció como si el tiempo se hubiera detenido. Para él, no era solo un par de calzado; eran canchas, batallas, recuerdos y una parte del “mundo Nique” que aún le emociona. “Fue hace mucho”, reflexionó después, sorprendido de que una interacción así pudiera pasar en una zona remota como Dahlonega. En ese gesto, el pasado volvió con fuerza.

Entonces Alexander comenzó a contar cómo nació todo. La fecha que puso arriba de la mesa fue el 31 de marzo de 1984. Explicó que había conseguido el número de casa de Wilkins, “robándolo” del directorio telefónico de su novia (a través del tarjetero de su suegro, según el relato). Su padrastro era fotógrafo y tomaba fotos de jugadores de la NBA, así que el acceso existía. Con el número anotado en un papel adhesivo, Alexander llamó: en esa época, la posibilidad de contactar estrellas era distinta, mucho más directa.

La llamada y el plan para el intercambio

En el otro lado del teléfono, Wilkins atendió. Alexander se presentó como el chico de Indiana que intentaba conseguir sus zapatillas cuando venía a la zona. Contó que cada vez que los Hawks se cruzaban con los Pacers, él gritaba y levantaba los brazos con la esperanza de ver a Wilkins y, si se podía, llevarse un par.

Wilkins le dijo que estaba con su mamá y que lo llamaría de vuelta en unos 15 minutos. Y efectivamente, la llamada regresó. En ese segundo contacto, Alexander sintió que era su oportunidad única: le preguntó si podía recibir las zapatillas luego del próximo partido, porque él iba a estar en Atlanta para el siguiente juego.

Wilkins le dio una indicación concreta: reunirse en el estacionamiento del tercer piso del Omni Arena, tres horas antes del partido.

Alexander recordó que, para él, la organización del encuentro era casi absurda: hoy sería impensable. En aquel entonces, la liga y el vínculo con los fans parecían más sueltos, con más margen para que una estrella tratara en serio a un adolescente y aceptara coordinar un plan con él.

La escena en Atlanta y la elección de las zapatillas

Alexander contó cómo llegó el día del encuentro: su madre lo dejó en la situación después de viajar desde Indiana a Atlanta. En ese momento entraron varias figuras del entorno de los Hawks: Tree Rollins, Randy Wittman y Doc Rivers, “como si estuviera entrando todo el equipo”. Luego apareció el auto de Wilkins.

Ya cara a cara, Wilkins le preguntó cuáles zapatillas quería. Alexander recordó que había un par de Nylon Converse y otro de All-Stars de cuero, con su nombre estampado en el costado. Él eligió el par de cuero: “Quiero los de cuero, man”.

Además, Wilkins firmó otros artículos de memorabilia para él. Y, como parte del acuerdo, quedaron en un lugar para que las zapatillas se entregaran luego del partido: detrás del aro, en el sector más cercano al vestuario de los Hawks. En la práctica, Wilkins cumplió la promesa.

Después del partido: la entrega en el túnel

Alexander describió el momento posterior al juego como el más emocionante: Wilkins salió con las zapatillas en las manos, abrió camino para que él pasara y firmó una de las zapatillas con tinta roja. Alexander relató que se sintió como si tuviera un “séquito” propio: cerca de un centenar de chicos, según su versión, lo siguieron a través de un túnel subterráneo. Su madre y él incluso se asustaron por la posibilidad de que alguien los intentara saltar para quedarse con las zapatillas, pero finalmente lograron llegar al auto.

Ya rumbo a casa, Alexander levantó los brazos, celebrando internamente: “¡Lo hice!”. Ese momento, aseguró, lo acompañó toda la vida. Tanto que alcanzó para volver a contarlo, años después, en una pizzería.

El gesto que fue más allá: volver a firmar y preservar

Wilkins, al recordar el encuentro, destacó que lo importante no es solo jugar: es el efecto que un partido y una interacción pueden tener en la vida de alguien. En ese sentido, le impactó que ese hombre viviera “en las montañas” y que todavía conservara las zapatillas durante 40 años.

Pero el capítulo no terminó en la charla. Cuando Alexander y Wilkins se separaron, Jedidia se quedó con una inquietud. Volvió a preguntarle qué motivación había detrás de haber traído las zapatillas y si Alexander quería que Wilkins las firmara de nuevo.

Alexander, que trabajó más de 20 años cubriendo la NBA como editor senior en Rotoworld y que era conocido en sus columnas como “Dr. A” (en referencia a Dr. J), no solo buscaba contar la historia: también quiso saber si Wilkins prefería conservarlas o recuperarlas. Se lo planteó a Wilkins: no sabía si aún tenía algunas, y entendía que tal vez era algo que podía querer guardar.

Wilkins se tomó un momento, conmovido por la actitud del desconocido. “Man… las guardaste durante todos estos años. ¡No se las voy a llevar!”, le respondió. Entonces, Wilkins firmó el otro calzado: esta vez, con tinta negra para contrastar con la firma roja anterior.

  • Las zapatillas se entregaron en 1984 y Alexander las conservó durante cuatro décadas.
  • Wilkins firmó una zapatilla en tinta roja en aquel primer intercambio.
  • En el reencuentro del domingo, Wilkins firmó la otra zapatilla con tinta negra.

Jedidia, conmovida, compartió la historia en Instagram y el post se viralizó. Alexander también quiso ordenar el relato: aclaró su edad y el momento exacto de la primera reunión, ya que algunas versiones previas sobre el encuentro habían confundido esos detalles.

La diferencia entre épocas y el mensaje final

Más allá de la anécdota, los dos hombres coincidieron en lo que representa esa “pureza” del intercambio, y en cómo cambió el mundo del básquet desde los 80. En aquel entonces, no hacía falta ser parte de una élite económica ni tener asientos de primera fila para acercarse a una estrella y decir “hola” con naturalidad. Hoy, el entorno está más atravesado por seguridad, permisos y una burocracia que vuelve más difícil que una firma o un objeto llegue “a mano” sin filtros. En ese ecosistema, jugadores suelen ser más cautelosos con aceptar cosas como zapatillas o posters, porque existe la posibilidad de que luego se revendan con fines de lucro.

Wilkins dejó una reflexión que funciona como cierre: lo que importa, en cualquier época, es tratar bien a la gente. Recordó que ve demasiadas situaciones donde el estatus o el dinero se usan para mirar por encima del hombro. “No creo en eso”, sostuvo, y remarcó que todos buscamos cierta paz, amor y satisfacción. En su visión, a veces se intenta poner a otros por debajo por creer que “uno es mejor”, pero no lo es.

También insistió en que ser amable no cuesta nada: “No cuesta”, dijo, y apuntó a que el deporte debería elevar en vez de destruir. En especial, mencionó que hay que recordar a quienes inspiraron a jugar cuando uno era chico, porque fueron esas personas las que dieron el motivo para salir a la cancha.

Al mismo tiempo, Alexander le devolvió a Wilkins un espejo: historias como esa son las que se guardan, las que quedan prendidas en la memoria. “Hay historias como esta que uno cuelga… que uno recuerda”, terminó diciendo Wilkins.

By Martín Gutiérrez

Martín es periodista deportivo especializado en baloncesto argentino y ligas internacionales. Lleva más de 8 años cubriendo la Liga Nacional, Euroliga y NBA, analizando estadísticas, tácticas y rendimiento de jugadores.